lunes, 18 de febrero de 2013

ROSARIO, EL QUEMADITO Y LAS NARCOHISTORIAS


CARTA AL HIJO DEL PANTERA DESPUÉS DE LA MUERTE DEL QUEMADITO

Para entender qué pasa en Rosario, en donde la tasa de homicidios por narcotráfico triplica a la media del país, es necesario ponerle vidas a los hechos. La historia de los Quemados, el Pantera y su hijo, marcada por la muerte y la violencia, impacta porque muestra la cadena de complicidades del narcotráfico y, también, porque se están matando entre vecinos.

Hace justo cuatro años mataron a tu viejo, Juan Domingo Cano, y te persiguieron después de cargárselo de cuatro tiros en la espalda. Te amenazaron a vos, a tu mujer, a tu madre, a tus hijos, y lo denunciaste y nunca nadie, ni la policía, ni la justicia, te quisieron ayudar. Los testigos del crimen de tu padre desaparecieron –o porque alguien los borró del mapa, o porque huyeron después de una advertencia. Todos miraron para otro lado y te quedó claro que en Rosario la mafia manda. Por eso el día en que mataron a Maximiliano Rodríguez, el Quemadito, ese que los testigos dijeron le disparó a tu viejo, pensaste; qué satisfacción. No te dijiste a vos mismo qué felicidad, porque al Quemadito lo conocías de pibe y era un ser humano, una vida, pero sí dijiste qué satisfacción, qué tranquilidad.

Maximiliano Rodríguez, el Quemadito

A tu padre le decían el Pantera, de joven fue boxeador, y laburó hasta que lo despidieron por reclamar sueldos impagos en Newell’s; o al menos eso te dijo él. Era vigilador en el predio de Bella Vista y a veces hacía de culata del presidente Eduardo López; lo acompañaba a la cancha cuando estaba todo mal con la barra, o a tribunales, cuando tenía algún embrollo judicial. Creciste, como tus seis hermanos, al lado de un hombre grande, de pelo largo, de manos importantes, ancho, sin miedo, que te metía por el vestuario a ver los partidos de tu equipo. Ahora, con el cuerpo del enemigo frío, con el Quemadito muerto; con el Quemado, Sergio Rodríguez, su padre, preso por la masacre de hace un año; te sentás al fin a hablar, a contar este tiempo pasado, a ver si comprendemos qué pasa en Rosario. Con tu historia y la del Quemadito capaz que se entienda algo de esa violencia, de ese joven muerto cada 30 horas al que parecen acostumbrarse los socialistas, el gobernador, los sucesivos ministros y los jefes policiales enriquecidos.

Te llamás Juan Andrés Cano, y sos el hijo de Juan Domingo “Pantera” Cano. Cumpliste los 34 y tenés muy claro cómo se fue pudriendo en tu barrio, el populoso Alvear al que algunos le temen. De chico no se veía tanto transa, no había esta profusión de kioscos de merca y de faso. Sabés que el crimen que hizo estallar todo no fue el de tu viejo, que no tuvo gran repercusión y quedó impune, sino que fue la masacre del año nuevo del 2012, cuando el Quemado y otros cuatro llegaron a cobrarse los tiros que otra banda le había dado al Quemadito. El Quemadito había baleado a Facundo Osuna, un pibe de 17, hacía tres días. Esa noche los vecinos que siempre te alertaban cuando aparecía el Quemadito vinieron a avisarte que rondaba en el BMW del padre con la metra FMK3 a la vista de todos; porongueaba con ganas. Algunos hasta te dijeron que tiró al pedo en una zanja para puro mostrar que mandaba en el barrio.

Por las dudas, vos que estabas cenando con tu familia en la vereda, a la vuelta de tu casa, te metiste con todos adentro. El Quemadito no le había dado importancia a los amigos de Osuna. A la una y media de la mañana le vaciaron un cargador desde una moto mientras manejaba el BM. Para entonces esos vecinos que hasta el 2003 vivían de changas en una casa más humilde que la de ustedes, ya  habían acumulado otro BM negro, un Peugeot 307 gris, un Fiat 147 color crema, un Ford Focus gris, un Peugeot 206 bordó, un Megane cupé gris, otro de cuatro puertas color champagne y un Escarabajo rojo. Además de la Kangoo blanca que usaban cuando se movían en banda hacia alguna venganza.

Ese 1 de enero vos ya dormías cuando el Quemado salió en  la Kangoo en busca de los que habían querido matarle al hijo. Era la madrugada. Los tres pibes que cayeron por la ametralladora del Quemado no eran transas, ni soldados, ni tenían nada que ver con esa guerra: eran militantes del Frente Darío Santillán. Supiste eso al día siguiente y el miedo te volvió. Reviviste la muerte de tu padre. Fueron días raros: por un lado la tristeza por los pibes, y esa sensación de alivio cuando casi se la dan al Quemadito. Estuvo internado varios días. Le dieron tres tiros, el cuarto le rozó la nuca, le destruyeron el auto, estuvo en terapia, grave, pero ninguno lo terminó de liquidar. No lo mataron, pensaste, pero por lo menos queda preso. Y quedó: lo acusaron del intento de homicidio de Osuna. Y luego, después de pasar varios meses prófugo, cayó el padre, por la masacre. Pasaste el último año un poco más tranquilo.

Tu viejo, vos estás convencido, era un buen tipo, pero lo empezaron a ensuciar en ese año maldito: no sabés quién, pero en el 2008 alguien largó que el Pantera estaba creído y arañaba la idea de volverse jefe de la barra. Había estado desde el 95 al 2003 trabajando en el predio donde entrena el equipo, y a pesar del despido siguió entrando gratis a la cancha y arreando gente. Hasta cuarenta vecinos solía llevar un domingo de partido local: vos decís que eran pibitos, señoras, gente grande, que no eran barras. Y la verdad que los que conocen la interna de la hinchada no creen que haya tenido capacidad para pretender semejante cosa, sobre todo teniendo en cuenta que el que mandaba era el Pimpi Camino, al que terminaron bajando de un tiro en la puerta hace dos años. El Pimpi, lo saben en Rosario los que se equivocaron con él, apenas notaba que le podías mirar con cariño el trono, te mandaba a poner y no entrabas más en la cancha. Igual, vos mismo sabés que tu viejo peleó desde pibe, y no solo por boxeador: a los 18 le dieron un balazo en la cintura y tuvo que dejar el ring. Después se dedicó a entrenar a otros, y siguió dándole a la soga, por estar en forma, hasta grande. Murió de 49.

Cuando en 2008 corrió aquel rumor ni tu viejo ni vos se imaginaron que le costaría tan caro. La insidia tiene un poder que persiste en el tiempo. Como sea, fue duro para el, y para vos, que entre quince le dieran una paliza y le dijeran: “no te queremos ver nunca más acá, mucho menos atrás del arco”. Ese día te quedó claro que el Quemado y el Quemadito, por más vecinos y conocidos, por más que si se encontraban en la verdulería conversaban con el Pantera, serían para siempre tus enemigos. Unos días después, medio recuperado de los golpes, tu viejo fue hasta la casa del Quemado y lo molió a palos. El Quemado quedó resentido, y con miedo. Nada peor que un transa en ascenso con miedo. Si se encontraban en la panadería, el Quemado salía corriendo. Y le mandaba a la policía. Los de la 18 le decían, a ver Pantera, ¿estás armado? Y a vos te daba risa que tu viejo les contestara: ‘Eh, cada vez que vaya a hacer un mandado me vas a parar’. Vos sabías que el Quemado tenía todo el apoyo de la policía de Rosario, y que ya tenía su bandita.

Por eso no te sorprendió que pasaran unos meses y tu viejo se viera de cerca con la muerte. Estaba sentado en un tapial del barrio, en el cumpleaños de un amigo, tocando la guitarra. Siempre te encantó que fuera músico además de boxeador. Rasgueaba la viola haciendo chacareras, zambas, escondidos. Tu viejo te contó después que vio al Quemado pasar despacio en el Renault 9 bordó. Y entre medio de los invitados apareció un pibe que sacó un arma y le dio seis tiros, cinco en las piernas y uno en el costado derecho de la cintura. El guacho no tenía más de 18, pero sabía hacer su trabajo. Esto te lo manda el Quemado, le dijo. Entonces, por primera vez, supiste que tu viejo también podía arrugar. El Quemado había crecido. Ya se movía en autos nuevos. El Quemadito ya no se juntaba con los pibes del barrio. Era habitué de Yamper, el boliche de cumbia donde van los que la mueven. Para colmo, tu viejo quedó rengo.

Hay gente que por un solo tiro que le pasa cerca se muda de casa. Hay tipos que por un afano, alquilan en otro barrio. Es raro que tu viejo a pesar de que los siguieron amenazando tuviera miedo pero no se moviera. Tampoco quiso denunciar. Sabía que la 18 laburaba con los Quemados. Vos mismo no pasaste más por la taquería; ni por la puerta, ni por la esquina. Llamaban a su casa y le decían a tu vieja que le iban a matar a la hija, a tu hermana. No te sorprendió que cuando averiguaron por el llamado viniera de un almacén que es del padrino del Quemadito. Meses después vos estabas en tu casa, casi a la medianoche. Era el día de los enamorados. Como ayer. Quizás era lo que festejaban en la casa de esos amigos que lo llamaron varias veces para que fuera con la guitarra, hasta que lo convencieron. El remontó en bicicleta por la calle Biedma. Nadie te saca de la cabeza que fue mala suerte que se cruzara, entre Richieri y Suipacha, con un colectivo lleno de hinchas que venían de la Bombonera, donde Newell’s le había ganado a Boca 2 a 0 el día que Palermo volvió de la rotura de ligamentos. Detrás del bondi estaba el 206, con el Quemado en el volante, el Quemadito afuera, apoyado del lado del acompañante. Atrás, dos o tres que nadie identificó.
El Quemado Rodríguez
Vos estabas en tu casa cuando llegó un vecino con la noticia. Corriste con algunos de tus hermanos hasta el lugar y lo encontraste tirado. El colectivo y el auto ya no estaban. Nadie se había atrevido a llevarlo a un hospital. Nunca te vas a olvidar de tu viejo moribundo bajo la luz nocturna de ese verano, ni de la cara de ese rubiecito que estaba en cueros y te dijo que lo había visto todo, que el conocía a los que disparaban, que eran de la calle Dr Riva, la calle de los Quemados. Tampoco de la única vecina que se atrevió a hablarte y vio todo desde su ventana. Ella escuchó cuando el Quemadito le dijo al padre: ahí está el Pantera. En la mano, vio la vecina, el Quemadito tenía un fierro de caño largo, que no le funcionó. Entonces, supiste por la mujer, el Quemado le alcanzó una 9 mm a su hijo, y lo alentó: tomá, tomá, como quien pasa un trago. Vos estás seguro que tu viejo no vio ni escuchó cuando los verdugos lo mataron. Iba hacia una fiesta; seguro pensaba en canciones, en melodías.

Esa noche tenías todos los sentidos en alerta, aunque la muerte suele dejarlo a uno como en un limbo. Y todavía pareciera que escuchás al policía que le preguntó al rubiecito, ¿vos viste todo? Porque enseguida lo subieron al patrullero del comando y se lo llevaron a la comisaría, supuestamente a declarar. Lástima que el pibe no volvió a aparecer por el barrio, se esfumó. Lo viste irse en el patrullero con la remera de Central, orgulloso de ser un canalla testigo del crimen de un leproso. Por eso estaba dispuesto a contarlo todo. Se debe haber arrepentido. A la testigo le pasó lo mismo. Vos estás convencido de que declaró una vez en tribunales y contó todo. Pero cuando la volvieron a llamar, ya no fue. Fue la madre a decir que la habían amenazado y que ella se había mudado a Mar del Plata. Y a pedir que no la buscaran, que tenía miedo, prefería callarse. Te quedaste sin testigos.

En algún momento el miedo se te hizo hábito. No sé si fue cuando decís que el Quemado pasó en la moto, por Crespo y 24 de septiembre, la puerta de la herrería donde trabajabas y te dijo: si me seguís  batiendo la cana te voy a matar como lo maté a tu papá. O fue cuando renunciaste al laburo para encerrarte en tu casa. Tenías razón: cuatro días después tus compañeros te contaron que el Quemadito con el Teletubi –que ahora está preso por la masacre—fueron hasta la herrería y preguntaron: ¿Cano a qué hora entra? Para luego dejarte el mensaje: decile que cuando lo enganchemos lo vamos a matar. No sé si fue al final, cuando estabas esa madrugada con tu esposa y escuchaste música desde afuera, miraste por la ventana y eran ellos, los Quemados. Entonces te escondiste en el techo y esperaste que se fueran, pero alcanzaste a escuchar la discusión. El Quemadito estaba al volante, con una gorrita y una remera celeste. El Quemado tenía la puerta abierta, estaba recostado con un pie afuera del lado del acompañante. Vos le reconociste la voz finita al Quemado que le decía al hijo: Vamos a mandarnos adentro. Y al hijo, por suerte, decir: “No, si ya va a salir”. Hasta que se cansaron y se fueron.

La muerte de tu viejo fue un punto de cambio en el crecimiento de los Quemados. Si es como te cantaron los testigos, lo hicieron ante toda la barra leprosa. Lo supiste cuando luego te dijeron los vecinos cómo se andaban peleando la autoría del crimen: en una esquina, el Quemadito se jactaba: yo lo bajé al Pantera. En la otra, el padre lo desmentía: fui yo. La espectacularidad de la muerte narco es lo que le da sentido a la  escalada violenta. Cuando un capito miserable quiere darse corte en un barrio y demostrar que la tiene más larga que el resto porque le paga a la policía suele matar con ruido. La muerte de tu padre sigue esas reglas: fue el azar el que hizo que se topara con sus asesinos ante un público tan pertinente como el de la hinchada. La escena no fue azarosa: el tiro por la espalda, la demostración de impunidad, la armas listas, el fútbol en el medio. Después de esa muerte los Quemados tuvieron un año de prosperidad. Supiste, como todos en el barrio, que tenían entre seis y ocho kioscos. Y lo saben los que no son corruptos en la infectada policía santafesina: ese era el mercado que los Cantero, la banda más poderosa del tráfico local, y los propios comisarios narcos, le dejaban manejar con soltura a los Quemados.

Lo que quizás no sepas es que todo está tarifado. Al menos así lo dicen en la propia santafesina; así lo confiesa uno de los que no se prende, sentado en su despacho: “A veces después de toda la investigación llegás a hacer el allanamiento y a lo mejor hacés papa, como decimos nosotros. Llegás y no encontrás nada, o muy poca droga, algún menor de edad. Eso es porque alguien levanta un teléfono y avisa”. Lo dice con un mapa de Rosario a sus espaldas, un mapa en el que hay marcas que no sirven para nada. Quizás vos no lo sepas pero en Rosario, dice este policía tan poco común, “el llamado puede salir del propio Tribunal Federal o de la Brigada de Inteligencia que hace la investigación”. Y si le preguntás en confianza al policía que no está en el juego, hasta te dice la tarifa: “Levantar un teléfono cuesta 30 mil pesos. Si el aviso se hace dos días antes puede valer hasta 50 mil. Cada kiosco paga entre 15 y 20 lucas por mes a la comisaría del barrio”. En la causa judicial paralela a la del triple crimen que investigó la complicidad de la cana queda claro que el Quemado estaba protegido por la comisaría 15 y la Zona de Inspección 3, que es la que tiene a cargo todas las taquerías de la zona sur. Nada te sorprende, ¿verdad?
Fin de año no suele ser tranquilo para vos. Casi a fines de diciembre el Quemadito salió en libertad y te lo llegaron a contar: andaba dando vueltas por el barrio, volvía a hacerse el poronga. Quiso apretar a la familia de los pibes de su banda que mandaron al frente al Quemado por la masacre. Como si alguien lo hiciera por vos, el padre de uno le dio una paliza. Lo que no sabías es que el Quemadito estaba en la mira de demasiados. Y que en la justicia ya sabían que desde la cárcel intentaba rearmar el negocio de su padre. Se preparaba para reconstruir la banda que habían logrado tener: en las escuchas telefónicas que tienen los fiscales aparece queriendo instalar una cocina de cocaína para tener su propia mercancía. Era lógico: había perdido la impunidad que tenía en la época en que murió tu padre. Eso sí, dinero no le faltaba. Vivía en un departamento de siete mil pesos mensuales en la Avenida Pellegrini. Se movía en un Astra cero kilómetro.

Con el Quemadito en la calle dejaste de dormir bien. El alivio casi te llega cuando el 28 de enero dos pibes pasaron caminando por la puerta de la casa de su novia, Sofía Laffatigue, y le dispararon. Con un solo tiro en la pierna lo dejaron en muletas. Esas son las que llevaba el 5 de febrero. Eran las seis y media de la tarde. Había entrado a buscar plata en un cajero del centro, en Corrientes y Pellegrini. Estaba desarmado. Seguía el destino del hijo del transa; un camino cerrado, hecho del mandato del no te rendirás. Ni sabiendo que lo buscaban unos y otros, ni consciente de que los Cantero ya no le darían juego, y que en la policía la protección se había perdido, se pudo cuidar. El asesinato del que te enteraste por tu hermano luego fue un ejemplo de crimen organizado hasta para el juez de la causa. Limpito. Sin que los sicarios corrieran riesgos. El Quemadito apenas alcanzó a ver el brillo del arma a centímetros de la cabeza. En la vereda quedó su gorra, intacta solo en la visera, manchada de muerte, estallada, contra el piso. Cuando tu hermano te lo dijo prendiste la tele, y viste en Canal 5 la noticia. Ya se habían llevado el cuerpo en una ambulancia. Ya habían calmado a la novia que gritaba. Ya se habían dispersado los curiosos. Y a vos, hijo del Pantera, ya te había dado esa sensación tan rara, esa satisfacción parecida a la paz de los muertos.

Por Cristian Alarcón. Investigación: Sebastián Ortega y Equipo Cosecha Roja.

El Comando Megafón dejó que hablara la carta al hijo del Pantera ¿para qué agregar más? la realidad está a la vista aunque los muchachos y las chicas que tienen la responsabilidad del gobierno en la provincia de Santa Fe se hagan los boludos. 
Casas más, casas menos, esa poli se parece a la bonaerense ¿o no? Chau muchachos y ¡Viva Perón carajo!

domingo, 3 de febrero de 2013

A CUATRO AÑOS EL DÚO CASAL&MANCUSO SE ESPABILÓ, PERO EL "RECLUTAMIENTO" SIGUE.


¿Qué tal muchachos? Qué imagen: el poder detrás del trono observa atentamente al dúo.

Resulta que después de cuatro años que la bonaerense asesinó a Luciano Arruga y no se hizo nada desde el gobierno bonaerense Amianto Mancuso y Casal se decidieron a poner en disponibilidad a los canas que están involucrados en el caso de Luciano. Mientras tanto los 8 policías prestaban servicio como si nada hubiera sucedido. Y todos, desde el primer responsable que es Amianto hasta el último cana se hacían los boludos.

Sólo la insistencia de la hermana de Luciano, su familia, organizaciones sociales y de derechos humanos hizo que el caso no muriera en el olvido. Claro que ese era el objetivo, pero esta vez el tiro les salió por la culata.

Esta es la publicación del Ministerio de Seguridad:


Todos los policías apartados se desempeñaban en el destacamento dependiente de la comisaría 8ª de Lomas del Mirador, donde fue visto por última vez Luciano Arruga el 31 de enero de 2009. El apartamiento preventivo de los uniformados se da en el marco de la investigación administrativa iniciada por Asuntos Internos. La causa ‘Arruga’ volvió a escena en las últimas semanas luego de que fuera detenido el oficial Juan Diego Torales acusado de someter a Luciano a “severidades y vejaciones”. 

CÓMO ES EL NEGOCIO DEL RECLUTAMIENTO DE PIBES

Luciano Arruga fue un caso que les falló porque el pibe dijo que no. Que no salía a robar, que prefería hacer su laburo de cartonero. La policía no lo dejó tranquilo hasta que lo desapareció. Como el de Luciano a infinidad de pibes que la bonaerense tienta para involucrarlos en el delito. Luciano dijo que no pero hay muchos pibes que dice que si, y en ese instante perdieron. Porque una vez allí, en el círculo perverso, tienen dos alternativas: la condena a muerte o la prisión. La policía  tiene los medios para terminar con ellos dijo Pablo Pimentel, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza.

LAS HSTORIAS
El Chupa vive en el barrio Almafuerte, más conocido como Villa Palito, una de las 160 villas y asentamientos de La Matanza. Villa Palito está a 30 cuadras de General Paz y a orillas del Camino de Cintura. El Chupa tiene 17 años y hace poco se escapó de un instituto en Lomas de Zamora. Está esperando en la Rotonda de Crovara que lo pasen a buscar para un hecho. Espera a dos pibes de la villa San Petersburgo. Van a ir a robar autos. Sale con ellos porque tienen arreglo con la Comisaría 20 de San Alberto. Así empezaron. Con el ofrecimiento de un policía. “Ustedes hacen lo que tienen que hacer y nosotros hacemos como si nada”, les había dicho el jefe de calle. Al principio se ilusionaron, pensaron que se habían salvado, pero después se dieron cuenta de que a veces se pueden quedar apenas con los 4 neumáticos del auto. El resto lo desarma y vende la policía.

—El fondo de la villa San Petersburgo es un cementerio de autos. Ahí está todo lo que queda después de que los desarman—dice Mariela, una vecina del barrio que estudió trabajo social.
La policía les da el free pass al barrio pero también los provee de armas. Algunos tienen hasta chaleco antibalas. Los pibes salen de caño. “Hace un par de fines de semana atrás se agarraron a tiros los del atrás con los del adelante de San Pete. Tenían ametralladoras, FAL, de todo”, cuenta Mariela.
Cuando el Chupa y sus amigos salen, no roban dentro del distrito. Van a Morón o cruzan la General Paz. Lo complicado, a veces, es cuando tienen que volver de la ciudad a provincia. La semana pasada se les complicó. Volvían de Mataderos por Provincias Unidas. Los seguía un patrullero de la 8va: la comisaría de la cual dependía el destacamento en el que se vio por última vez con vida a Luciano Arruga. El Chupa y sus dos compañeros terminaron adentro. Los policías llamaron a la familia de los chicos. Los tres eran menores. Les pidieron 20.000 pesos a cambio de su libertad y la garantía de no dar aviso a la fiscalía. La familia del Chupa, un histórico clan de transas, juntó 10.000. Fueron hasta Lomas del Mirador y lo sacaron. Los otros dos chicos no tuvieron la misma suerte.
—La connivencia policial existe de una manera u otra—dice Mariela—. La idea de reclutamiento no es tan de manual como parece. Los pibes de los barrios de Matanza si salen a robar tienen que arreglar con la cana y si son detenidos, la cana les pide coima para no judicializarlos y ellos le pagan.
La 8va tiene prontuario y fama. En las villas más grandes de la zona de Lomas del Mirador, Las antenas y Santos Vega, quienes trabajan con jóvenes señalan al Jefe de calle de esa comisaría como un agente que hostiga y persigue a los pibes del barrio. Tres fuentes consultadas para esta nota coincidieron que el hombre, conocido como “Chucky”, tiene una banda de chicos que roban para él en Lomas del Mirador y Ramos Mejía. “Nadie quiere ser gato de la policía. Los chicos no te van a contar quienes, pero todos saben que algunos roban para Chucky”, dice Celeste, una operadora social que trabaja en calle en Lomas del Mirador. Y agrega: “Los jefes de calle tienen marcados a los pibes. Saben a los que pueden tentar para robar y funcionan así. Les marcan la casa y les garantizan la zona liberada. Después les piden parte de lo que consiguen y siempre salen ganando los polis. Los pibes se arriesgan por dos mangos”.
Las historias se repiten en otras localidades de La Matanza. Pablo tiene 17 años y vive en un asentamiento de Gregorio de Laferrere. De regreso a su casilla, después de una noche de gira, en el invierno pasado, encontró en la esquina de entrada al barrio un auto quemado. Quería ir a comprar cocaína a Puerta de hierro. En el bolsillo tenía nada más que un blíster de Rophy. Intentó sacar los cables del auto abandonado para rescatar el cobre y venderlo. En eso estaba cuando pasó un patrullero de la Comisaría 4ta de Laferrere. Pablo conocía al policía que manejaba. Le había alquilado una 9 milímetros a un amigo. Le habían dicho que si quería conseguir fierros tenía que hablar con él. Desde arriba del auto el policía lo increpó:
— ¿Qué hacés, pibe?
—Nada, saco el cable por el cobre.
—Bueno, yo no vi nada. Pero saca el tubo de gas y guárdamelo que más tarde lo paso a buscar.
El patrullero se fue. Pablo separó el tubo y se fue a dormir. Horas más tarde el policía fue hasta su casa. Lo atendió la tía del chico. Le decía que el pibe se había quedado con algo de ellos. Que él había cumplido con su parte pero que el chico no. La mujer no entendía nada, pero sabía que su sobrino alguna se había mandado.
Cuando el pibe se levantó se dio cuenta que tenía que irse del barrio, guardarse. Se fue a lo de su papá que había formado una nueva familia y vivía por Atalaya. El policía fue una, dos veces más a la casa de Pablo. La madre y la tía del chico tuvieron que hablar con unos vecinos y conseguir un tubo de gas para que se tranquilizara. Pablo no se acordaba de nada. La tía y la mamá dejaron el tubo en la vereda. Al otro día no estaba más.
El Peta, que no se apoda así pero lo hará en está crónica, llegó a los tribunales de La Plata con el pelo mojado y las marcas de la tortura en la piel. Juraba que la policía se había ensañado con él. Había sufrido pase de electricidad, asfixia con una bolsa de nylon, una hora entera de sumergirle la cabeza en agua podrida.
El Peta había hecho algunos trabajos para el comisario del barrio, depuesto algunos días atrás. Algo más comprometido que la clásica mordida para poder robar. La policía de su jurisdicción –un barrio de la periferia platense- le marcaba casas y comercios vacíos. Sabían, con las primeras entradas a la comisaría, que El Peta se movía rápido, siempre con un cómplice, y que era grande y dúctil.
- Nunca trabajan sólo para la policía. No son empleados. La relación es más lumpen- dice en su despacho, un defensor juvenil de La Plata. Y agrega: – Si vos acercaras mucho la lupa y te pusieras a ver muy de cerca el delito de los pibes, todos de una u otra manera tienen un vínculo con la policía. O pagan una parte, o tienen cobertura, o trabajan para ellos.
Y el Peta no sólo robaba para la gorra. Tenía sus propios tejes y vendía drogas al menudeo. Se había comprado dos coches nuevos. Y consumía. Alguno de sus hechos llegaron a los diarios locales, y promovieron protestas furiosas del vecindario en la comisaría. Esos episodios y otros manejos oscuros llevaron a la eyección del comisario.
El nuevo mandamás quiso deshacerse pronto de los pibes ingobernables que arreglaban con la seccional y le pudrían la calle en el distrito: el Peta era uno de ellos. Lo sacaron –sin orden judicial- de la casa de una vecina, lo llevaron a la seccional y lo torturaron entre varios efectivos. Siete policías fueron separados de la fuerza y detenidos por ese episodio. Pero el hostigamiento siguió. Después de un asalto de dos menores a una verdulería, en enero de 2011, los polis del barrio allanaron violentamente su casa y lo detuvieron. En una rueda de reconocimiento, un testigo confesó que los azules le exhibieron fotos de Peta –tomadas ilegalmente- y que por eso lo vinculó. A los 20 días tuvieron que soltarlo. Ahora el Peta está preso por otro robo. Y no la pasa nada bien.
A fines de octubre de 2009, un juez de La Plata, Luis Arias, denunció públicamente que la Bonaerense reclutaba menores para robar. “A veces, el reclutamiento es indirecto, a través de delincuentes que gozan de protección policial; otras veces, es directo”. Un año antes, Arias había dictado una medida –que revocó la Cámara Penal Platense, pero sigue vigente hasta que se expida la Suprema Corte provincial- para que en La Plata la policía no pudiera detener jóvenes por Averiguación de Antecedentes (Doble A): uno de los momentos más oportunos para presionarlos a robar para ellos. El tema implosionó en la tapa de los diarios: el juez se basaba en indicios de varias causas y relatos confidenciales de familiares que no denunciaban por miedo. Al día siguiente, el gobernador Scioli le pidió que probara sus dichos, y el entonces ministro de Seguridad de la provincia, Carlos Stornelli, lo denunció por omisión de denuncia.





Dos meses después, entre los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre, asesinaron a tres mujeres en la vereda de sus casas, con la presunta intención de robarles un auto que en ningún caso se llevaron. En los tres casos estaban involucrados menores. Hubo puebladas. Acorralado por esos tres crímenes, antes de renunciar, fue el propio Stornelli quien denunció –y aportó pruebas, y puso a disposición los recursos del Ministerio para profundizarlas- que un sector de la policía empleaba los menores como mano de obra con el fin –arguyó- de desestabilizar el gobierno de Scioli.
Lo cierto es que la Bonaerense sacaba a relucir, en respuesta a ciertos cambios del Ministro en la División Automotores, ni más ni menos que un recurso -antiguo y despreciable- dentro de un arsenal al que echa mano para regular, no combatir, el delito, las relaciones políticas y la conflictividad territorial. La causa judicial recayó en el fiscal platense Marcelo Romero. No hubo indagados. La última medida que tomó es del 23 de abril de 2010, cuando desglosó un CD aportado por Stornelli y un sobre con información, y ordenó su pase a Asuntos Internos. El mensaje final fue por demás claro: la policía investigándose a sí misma. Algo similar a lo que hicieron durante los primeros años de la causa en la que se investiga la desaparición de Luciano Arruga.

El Comando Megafón obtuvo estas crónicas de Lucrecia Alcaraz y Laureano Barrera que las publicaron en Cosecha Roja.

Así es la cosa muchachos. Y a los pibes los reclutan no sólo para robar, también hay de lo mismo que sucede en Santa Fe, no hay diferencia ni en los asesinatos ni en el tráfico. Pero Amianto Mancuso tiene blindaje periodístico, vamos a ver qué sucede si se le llega a caer el chaleco antibalas. ¿O no les llama la atención que se publican las fotos del dúo con una mesa llena de droga y armas pero nunca se ve a ningún narco que vaya preso? ¿Raro no?
Chau muchachos, la seguimos. ¡Viva Perón, carajo!



viernes, 1 de febrero de 2013

LA VIEJA COSTUMBRE DE LOS FACHOS DE PEGAR, REPRIMIR, DAR PALOS, DOBLEGAR, SOMETER, ETC.

Qué tal cumpas! Para seguir con el hilo de la conversación hoy nos dedicamos al hermano ideológico del dúo Casal&Mancuso, el Procesado Macri. En la foto los muchachos de Maurizio en acción durante la represión en Parque Centenario, hace 3 días.

El Comando Megafón buscó y encontró un buen informe detallado de la violencia desparramada a diestra y siniestra que cada tanto aplica la Metropolitana, esa patota cuyo Capo original la estaría viendo por TV desde la cárcel de máxima seguridad de Marcos Paz. El Comando Megafón se refiere al "Fino" Palacios, ¿se acuerdan muchachos? ¿Y del espía Ciro James? Eran otros tiempos, el Procesado afinó un poco la puntería, pero no mucho, van a ver.

Aquí el relato:

A las 5 de la mañana del 28 de enero los vecinos del Parque Centenario escucharon los primeros gritos. “Pará hijo de puta, esas son mis cosas. Pará, pará, que es todo lo que tengo”. Y después de los gritos, el llanto. Nuevamente el silencio. Al menos por un rato. La Metropolitana había empezado a ejecutar el plan de tapiar el parque por sus residentes estables: echar a los homeless a patadas, tirar sus pertenencias a la basura. Era apenas el principio.

Al rato, los camiones y las cuadrillas del Gobierno de la Ciudad ya habían arrasado con los puestos de la feria, la huerta comunitaria y un horno de barro de la asamblea barrial. Para las 6:30 de la mañana, chapas y maderas mediante, Parque Centenario se metió de cabeza en el proceso de modernización. El paso 1: terminar de enrejar sus alrededores. El parque, el único espacio verde de la zona, seguía el mismo proceso que la Plaza Constitución, el que seguirán Parque Lezama y Plaza Flores: convertirse en un espacio enrejado.
Rejas para todos. Julieta es vecina de Caballito desde la infancia. Forma parte del Espacio-Asamblea de Parque Centenario No a las Rejas desde su creación, mucho menos popular y convocante, hace 6 años en el momento en que el gobierno porteño decidió enrejar la mitad de la plaza. Julieta dice sentirse parte de una estafa. Dice: “Nosotros queremos que el parque sea seguro, pero para eso no necesariamente tiene que haber rejas. Hace 6 años lo renovaron: costó 16 millones de pesos. Pero la única parte que mantenían, que regaban, que se encargaban de limpiar, era la parte enrejada. Me cansa ver como dibujan números”. También dice que prometieron un parque modelo y sólo mantuvieron la reja bien pintada. Que para septiembre del año pasado, cuando las rejas se empezaron a extender a todo el parque, la asamblea empezó a hacerse masiva, a ganar lugar en los medios.
Julieta cuenta que fueron a ver a las autoridades comunales para pedirles una explicación. “Nos reunimos con Marcelo Iambrich, jefe de la Comuna 6, para pedirle una copia del proyecto por el cual se iba a enrejar el parque. Queríamos que nos certificara que respondía a pedidos de un grupo de vecinos. O saber quién lo había determinado. Nos dijo que no sabía nada”.
-¿Nada? El edificio de la Comuna 6 queda enfrente a Parque Centenario.
-Claro, ¿Cómo no vas a saber nada estando enfrente del parque? Ese tipo forma parte del mismo gobierno que ejecuta el proyecto de enrejar todo ¿No va a saber?. Esto no se soluciona con más rejas, cámaras y policías. Sino con otro tipo de política hacia la ciudad en vez de vaciar todo lo público o enrejarlo.
El caballo del comisario. Con las rejas como un hecho consumado, los vecinos se reunieron en el mástil del parque a las 6:30 de la tarde. Julieta llego algunos minutos después de las 7, junto con buena parte de la masa de los asambleistas que había preferido salir cuando el sol fuera un poco más piadoso. La asamblea es apenas un nombre para un colectivo bastante heterogéneo: hay vecinos que usan el parque con el perro, corredores, feriantes, gente que va con sus hijos, artistas callejeros.
“La asamblea decidió hacer un corte en Marechal y Díaz Velez para visibilizar nuestro descontento. No había, no ví, ningún Policía Federal. Sí había de la Metropolitana, montones, desde la mañana. También había oficiales de civil. Muchísimos camiones con los Guardias de Infantería dentro. Estábamos a punto de votar cuando se desmadró todo. Uno de los chicos que estaba en la asamblea, que había sido desalojado del parque, empezó a discutir con un policía de civil. El oficial le sacó la mochila y la tiró del otro lado de la tapia. La gente se terminó de sacar y se desató la furia”, cuenta Julieta. Algunos chicos empezaron a arrancar las chapas y las maderas. A medida que cayó la tapia fue apareciendo, como en un truco de magia, la Guardia de Infantería de la Metropolitana. Aparecieron los gases, las balas de goma.
Cuando empezaron a caer los chapones, los manifestantes descubrieron que atrás estaba la guardia de infantería. En los alrededores estaba lleno de camiones con la infantería adentro. Dice Julieta: “La policía, obviamente, apeló a sus métodos: tiraron balas de goma y gas pimienta”. La escaramuza duró hasta la medianoche y terminó con varios heridos y al menos 5 detenidos que fueron trasladados a la Comisaría 11ª.
Cuando Julieta volvía a su casa a las 12 de la noche, no le extrañó ver a los corredores, la gente con los perros, las parejas adolescentes, los homeless. Todos daban vueltas como perdidos por los alrededores del parque tapiado. Dice que pensó: podrán llenar el parque de policías. Pero la calle siempre va a estar repleta de vecinos. 
Los muchachos de Cosecha Roja hicieron el informe.
Las fotos son de Sergio Santillán
Che, acá tienen para ver quién es el democrático Procesado y sus payasos de la Metropolitana reprimiendo a los vecinos. 

Ahora miren quién es el nene designado Subjefe de la Metropolitana
"Todos los caminos conducen a Roma" ¿Qué tal? qué basural no? y siempre en alguna esquina aparece El Padrino y a su lado el mafioso Ritondo. Una banda de delincuentes!!
Chau muchachos, busquen los datos del Dogor Pedace, pedace de HdP!!!!
!Viva Perón, carajo!



martes, 29 de enero de 2013

AUNQUE A CASAL LO VISTAN DE SEDA...

SIEMPRE VIENE BIEN REFRESCAR LA MEMORIA
En abril del año 2011 el "fiche" del Servicio Penitenciario Ricardo Casal, actual Ministro de Seguridad de Amianto Mancuso, bautizó a la Escuela de Investigaciones de la Policía bonaerense con el nombre de "Comisario General Jorge Vicente Schoo". El Ministro rendía homenaje a un personaje siniestro de la ciudad de La Plata.

Dice el Perro Verbitsky en un artículo en el diario Página 12 que Vicente Schoo en el año 1974 en su desempeño como Director de Institutos de la Bonaerense invitó al maestro de los gatilleros de la CNU, Carlos Disandro para dar clases magistrales de Latín y Griego ???. En fin...

Ese sujeto Disandro, con síndrome persecutorio, formuló la teoría de la "sinarquía internacional", una orga oculta compuesta por judíos y marxistas para copar la venerable iglesia católica.

El Comisario Shoo aprendió de su maestro Disandro y en el Manual de Conducción de la bonaerense el tipo escribe frases como "toda autoridad proviene de Dios", exalta la monarquía y dice que la democracia es subversiva. Ese manual con pensamiento ultramontano tuvo vigencia hasta el año 1987.
Otro de sus "méritos" fue vincular a la CNU primero con la policía y luego con las Fuerzas Armadas para llevar a cabo la represión.

El alcaide mayor penitenciario Casal tiene algo bueno: es agradecido con su maestro, el facista Vicente Shoo. No sólo por poner su nombre a la Escuela de Investigaciones, sino por llevar cotidianamente a la práctica sus enseñanzas ultramontanas.

El penitenciario Casal se formó en el servicio durante los años de la dictadura cívico-militar.Ingresó a los 18 años a la Unidad 9 de La Plata. Entre 1976 y 1982 varios de los presos políticos que pasaron por la U9 lo reconocieron participando en interrogatorios.

Julio Barroso fue el Jefe de Inteligencia del Servicio Penitenciario Bonaerense, además fue  uno de los jefes del centro de detención clandestina denominado como “La Cacha” (ubicado en la localidad de Olmos, en La Plata), donde entre otros se habrían desempeñado varios agentes y oficiales del Servicio Penitenciario provincial. Por esos años habrían sido frecuentes los intercambios de detenidos entre la Unidad 9 y La Cacha. Posteriormente Ricardito Casal fue secretario de Julio Barroso.

Casal continuó desempeñándose como agente del Servicio Penitenciario hasta 1987, año en el que pasó en comisión a la Subsecretaría de Justicia, dependiente por ese entonces del Ministerio de Gobierno. Posteriormente, ingresó en política acompañando a Graciela Giannettasio en la Dirección General de Escuelas de la Provincia.

Cuando Casal asumió a principios del gobierno de Daniel Scioli como ministro de Justicia, varias organizaciones de Derechos Humanos alertaron sobre su pasado. Sin embargo, fueron misteriosamente silenciadas y prácticamente no hubo repercusiones en casi ningún medio.

En un periodo en que se habla de justicia y Derechos Humanos, un ex represor conduce a la Policía de la Provincia. 

El Comando Megafón se hace varias preguntas, entre otras: 
  • ¿Porqué Amianto Mancuso a pesar de estar en pleno conocimiento de los antecedentes, las denuncias y el descontrol o mejor dicho, el autogobierno que es la bonaerense con cotidianos asesinatos de pibes, lo sostiene? 
  • ¿Porqué Mancuso sostiene a Casal que ha encubierto mediante mentiras el asesinato de los pibes del barrio La Cárcova, por dar un ejemplo, pero hay muchísimos más? Los pibes tenían disparos por la espalda.
  • ¿Cómo puede Guido Carlotto trabajar bajo el mando de ese sujeto, o su apellido lo hace impune a los negocios sucios de sus jefes? 
  • ¿Qué "negocio" hay entre Casal y Mancuso?
A ver muchachos qué dice el Perro sobre el alcaide mayor penitenciario:





 

Che, acá va la síntesis del susodicho, después no digas que no te lo dije. Chau muchachos, Viva Perón!